02 diciembre 2008

El Mishquiyacu y el pescador

El río Mishquiyacu recorre la provincia de Picota, en su primer tramo, de norte a sur, hasta el segundo recodo; allí comienza su segundo y último tramo, al voltear de este a oeste, hasta su desembocadura en el gran y majestuoso río Huallaga.
Mishquiyacu significa “rica agua de sabor agradable”, sus aguas son limpias y sin contaminación, no existe ningún asiento minero cerca. En la crecida de cada año, el río riega y abona sus riberas, al depositar en la tierra el humus que arrastra en su recorrido.
Sus aguas son una bendición, hay gran variedad de peces como las lisas, los boquichicos, bujurquis o yulillas (semejantes a la lisa, pero de menor tamaño), las carachazas, uno que otro sungaro y las mojarras (peces en pequeños cardúmenes parecidos al boquichico).
En su recorrido hacia el Huallaga, después del segundo recodo, se encuentra el villorrio de Mishquiyacu, rodeado de grandes pastizales y de una próspera agricultura, que son los más apreciados de la región. Los habitantes mishquiyaquinos viven agradecidos de Dios por sus dos bendiciones, su tierra y su agua. Son celosos guardianes de ellas.
Cada mishqui sabe que sin tierra y sin agua se le va la vida. Cada año celebran la “yacufiesta”, en honor al agua del río. Siempre tratan de mantener sus aguas tranquilas, porque cuando encrespan o arriban con sus grandes crecientes y las inundaciones son despojados hasta de sus camisas.
En el paroxismo de sus desgracias, con los ojos llenos de lágrimas levantan los brazos hacia el cielo, clamando con grito a todo pulmón: “Piedad, Diosito mío”.
Cuenta la leyenda que cuando se creó el pueblo de Mishquiyacu, apareció un pescador furtivo que pescaba con dinamita y barbasco. Nunca nadie lo conoció, a muy altas horas de la noche y sobre todo en luna Llena sólo se escuchaban las explosiones de la dinamita.
Los moradores de ese entonces tenían mucho miedo al ver que sus tambos tan frágiles, confeccionados de hojas de palma y cañas muy finas se veían caer, el retumbar del sonido hacía temblar el suelo. Ayudado por la oscuridad de la noche, el pescador desconocido huía y se fundía en el matorral de la selva.
A la mañana siguiente, muy temprano todo el pueblo salía a recoger el agua y a realizar su aseo personal; sorprendidos y llenos de impotencia encontraron peces muertos, flotando sobre la dulzura y quietud del agua que aún dormía bajo el cielo azul y la mirada de manadas de golondrinas que le avisaban que sus hijuelos pececillos ya no serían abrigados más, ni harían piruetas en aquel río abrasador que los vio nacer y crecer.
La descomposición de los peces y la presencia de barbasco en el río hacían que los demás peces siguieran muriendo y el agua dulce se convirtiera en agua envenenada. La vida en el curso del río Mishquiyacu se teñía de dolor y angustia ante la pérdida de nuestros hermanos seres vivos que fueron despojados de su dulce morada.
Los moradores mishquiyaquinos, indignados por aquel acto cruel, realizaron un cabildo abierto y decidieron terminar con aquel pescador escurridizo, estaban decididos a acabar con su vida si fuese necesario. Hombres, niños y mujeres armados de machetes y palos salieron en su búsqueda, caminaron repartidos en diferentes direcciones. Al cabo de seis horas, se volvieron a encontrar tristes y cansados pues la búsqueda fue infructuosa.
Al día domingo, se prepararon y realizaron una minga, pero esta vez solicitaron la ayuda del travieso y pícaro hombrecito de muy baja estatura conocido como el famoso Chullachaqui,
quien vivía en el fondo de la espesa selva. Era muy temido por todos los pobladores, pues se aprovechaba de su pequeña estatura y de su rostro angelical para transformarse en cualquier persona conocida del incauto que caía en sus manos y, con gran habilidad para convencer, lograba distraer a su víctima, conduciéndola a su madriguera, donde desaparecían a causa del
hechizo mágico que les hacía.
Hecho el pacto con el Chullachaqui, quien sólo pedía a cambio que no le temieran porque quería ser el guardabosque de Mishquiyacu, los pobladores aceptaron la condición que ponía el pequeño hechicero, pero a cambio de que en sólo dos días encontrara al pescador desconocido. El Chullachaqui se retiró y corrió rumbo hacia el extenso bosque.
Pasaron los dos días, y finalmente el Chullachaqui encontró al pescador, quien descansaba en la quietud de enmarañada selva, y le dijo:
— ¡Ah con que aquí vives!, el pescador que dormitaba se levantó muy sorprendido y le dijo:
— ¿Y cómo supiste que estaba acá?
— No olvides que yo soy el Rey del Bosque, le dijo el Chullachaqui, ¿y qué quieres de mí?, preguntó el pescador que ya estaba sin escapatoria.
Bueno, dijo el apacible Chullachaqui, he venido porque los mishquiaquinos me lo pidieron, y como yo soy el todo poderoso de la selva, se vanaglorió el pequeño hechicero, ¡te exijo que dejes de matar a tantos peces y contamines el agua del río!
— ¡Eso es imposible!, recalcó enérgicamente el pescador.
El Chullachaqui se llenó de ira porque no le gustaba que lo contradigan, le dijo:
— Bueno, señor pescador hasta acá he venido sólo para hacer un trato contigo.
Sus ojos se enrojecieron y clavaron una mirada espantosa sobre el acorralado pescador, quien sin escapatoria bajó la mirada y se rindió a sus órdenes. Exclamó: ¿Qué debo hacer a partir de ahora?, ¿qué cosa comeré? Si yo sólo sé pescar, dijo muy acongojado el pescador.
El Chullachaqui, le dijo:
— Puedes pescar, pero con anzuelo y tarrafa, más no con dinamita ni barbasco, y cogerás solo lo necesario para sobrevivir. ¿Escuchaste?, preguntó el Chullachaqui.
El pescador que no tenía ya otra salida, aceptó y prometió que nunca más realizaría pescas que hicieran daño a los peces y contaminara el agua del río.
Después de un mes, el pescador se olvidó de la promesa que hizo y volvió a sus andanzas, al verse engañado el Chullachaqui llegó a convencerse de que el pescador era una persona indigna, infame y cruel para vivir de la generosidad de la naturaleza.
Fue prisionero y juzgado por toda la comunidad viviente. En el recorrido del río Mishquiyacu fue sentenciado y pidieron al Chullachaqui que lo convirtiera en una roca con forma de hombre. El Chullachaqui que quería congraciarse con el pueblo, gustoso y sin decir más palabras echó toda su furia sobre el pobre pescador.

Finalmente, la roca fue colocada en el río, en el frontis del pueblo de Mishquiyacu; constituyendo una severa y eterna advertencia, para que se sepa que la naturaleza es tan noble y bondadosa que sólo se debe cazar, pescar y extraer lo necesario.
GLOSARIO
1.- Barbasco: Hierba selvática utilizada como infusión para realizar la pesca.
2.- Tarrafa: Red de hilos o instrumento que sirve para la pesca.
3.- Minga: Reunión de amigos y de vecinos para hacer algún trabajo gratuito en común.
4.- Mishquiyaquino: Poblador oriundo de Mishquiyacu.
Fuente oral: Teodomiro López Arrese, Danny Greenwich Herrera; San Martín. Escolar: Xiome Pinchi Greenwich; 11 años; Tarapoto, San Martín.

2 comentarios:

Karlo dijo...

me gusta mucho se trata de promocionar al lugar de donde yo soy pa lanteeee

Karlo dijo...

amo a mi tierra como Mishquiyacquino me gusta mucho tu historia amigo